dame-ethel-smyth-compositora-lesbiana-enamorada-de-virginia-wolfPara conmemorar el 150 aniversario del nacimiento de Dame Ethel Smyth durante la serie de conciertos de música de cámara de la BBC se presentarán obras de la autora, quien en su vejez se enamoró de Virginia Wolf.

La activista por el voto de las mujeres y los derechos de las LesBianas, Dame Ethel Smyth, será homenajeada en la primera serie de música clásica del Orgullo en Manchester, Reino Unido. En este país una serie de conciertos de música de cámara se celebrará en la BBC, con el fin de celebrar el espíritu de igualdad. Dame Ethel fue una de las más célebres compositoras de su tiempo, en sus años de vejez, la activista y compositora se enamoró de la entonces joven escritora Virginia Wolf, aunque no fue correspondida. Para conmemorar el 150 aniversario de su nacimiento, la serie presentará obras de Dame Ethel. Las piezas están realizadas en torno al tema de la música como una forma de protesta y se han escrito en gran parte por compositores gays y LesBianas. Ella escribió el himno para el movimiento por el voto de las mujeres, y completó seis óperas antes de su muerte en 1944.

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Reclinadas y -de a ratos- silentes, sobre un mullido sofá del siglo XX, y con una estética tan lánguida como ambigua y unisexual de estampas Art Noveau; tal vez hayan compartido una tertulia literaria, o un buen vaso de alcohol áspero, o algunos masculinizantes cigarros y discusiones (¿alguna mirada cómplice?), un grupo de damas inquietantes, en la discreta calle Tavistock del blanquecino y austero barrio de Bloomsbury.

Gestándose los movimientos más incendiarios y profundamente revolucionarios de la liberación femenina, tal vez ellas -antes acalladas-, escritoras, músicas, políticas, artistas, todas juntas, habrán compartido un encuentro, o varios, en el hogar de Virginia o Ethel.

Si bien una muy joven Virginia hubo de rechazar violentamente sus cartas tediosas y obsesivas, lo cierto es que la anciana Smyth, tan irritante de temperamento como Woolf, apenas si atinó a moderar alguna vez -y un poco- su comportamiento salvaje.

Tal vez, en ese mismo encuentro, le haya rogado alguna dama que detuviera su invasión de misivas, o que le entregara su prometida “Descripción de la vanidad”, un pequeño ensayo corto perdido en la historia.

Juntas, todas ellas, las figuritas pálidas del Círculo Bloomsbury, habrán recordado los incidentes de la prisión de Holloway, las manifestaciones encendidas, o el cántico de voces blancas de su himno.

Más allá de los géneros y de los infinitos anecdotarios -autobiográficos o no-, Ethel sabría cómo entregarse pasionalmente siempre a espíritus, músicas, ideales, sin mostrar por ello el más mínimo rasgo de debilidad o sumisión…

Entregada por completo a su pasión por la figura femenina, a su emancipación intelectual y artística (tuvo oportunidad, en su juventud más activa, de dejar sentados sus sueños al componer el himno sufragista “Marcha de Las Mujeres”), Ethel dejó el terreno limpio para las compositoras subsiguientes.

Aún en prisión, jamás dejó torcer su tesonero ánimo o su voluntad; dirigiendo su propia música desde su celda con… un cepillo de dientes.

Su ánimo, su voluntad, el fruto de su trabajo, su música, sus libros, dispuestos enteramente a abrir un espacio para la expresión de la mujer, -el universo musical femenino- hasta entonces en silencio en la Música del recién iniciado y gris siglo XX.

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